viernes, 8 de julio de 2011

Funnier than Fiction

Jugando un poco con la coloquial frase de Stranger than Fiction, referida en libros, canciones y hasta películas (recuérdese a Will Farrell enfrentándose a la narración de su propia vida). La frase, que en nuestro querido idioma de la Ñ, vendría siendo aplicada como ... donde la realidad supera la ficción; me ha valido para hacer una readaptación de la idea de como historias reales resultan más interesantes, en este caso, más divertidas, que las que la imaginación nos suele ofrecer. A partir de ello, he rescatado algunas historias encontradas en notas de prensa, chismes de oficina, leyendas urbanas (luego comprobadas) e incluso resultados de una búsqueda en google, para darles un lugar en este blog y ajustarlas a mi capacidad literaria. El resultado es una serie de relatos donde lo inverosímil de las historias se nutre de las ironías que acechan nuestras vidas y que, en ojos de otros espectadores, terminan siendo graciosas. Así que con el rótulo de Funnier than Fiction presento estos relatos como parte de la perorata del memorioso.



Tres de cincuenta y dos de veinte

Al buscar dentro del bolsillo de su pantalón lo único que pudo encontrar fue una arrugada tarjeta de presentación y un tiquete de descuento en alguna tienda nueva, nada siquiera parecido a lo que Santiago realmente buscaba, las llaves de su casa. Las buscó por todas partes, en los demás bolsillos de su traje, en la guantera del carro, en el monedero, en su maleta, hasta finalmente darse cuenta que estaba sentado sobre ellas.

Caminó por un pasillo desierto iluminado por blancas luces de neón, dando pasos de plomo sobre un triste suelo de concreto gris. Al llegar al ascensor se encontró atado a una cuerda el ladeado letrero amarillo con letras negras que indicaba: EN MANTENIMIENTO. El bloqueo significaban 10 pisos de escaleras que lo separaban de su casa. Llegó jadeando y con la original ideal de la necesidad de ejercitarse un poco, forcejeó por un rato con las llaves de la entrada y luego de varios intentos pudo ingresar finalmente a su apartamento.

Lo recibió una silenciosa oscuridad proficiada por una conflagración de luces apagadas y un sentimiento de soledad que inundaba el apartamento. Santiago entró pensando que tal vez su mujer no había llegado y que no tardaría en hacerlo. El aire era denso y pesado obligando a pasos lentos que hacían interminable el camino a la alcoba principal. Un débil rayo de luz parecía escaparse por la puerta a medio cerrar de la habitación. La imagen le produjo a Santiago un doloroso y sorpresivo pálpito en el pecho que lo detuvo, así fuera por un segundo, a empujar la pesada puerta.
En el lecho matrimonial aparecieron un par de figuras en movimiento, figuras de un par de cuerpos en una coreografía horizontal sobre las arrugadas sabanas blancas. Parecían querer fungirse desesperada y plácidamente en uno solo. Tras la apasionada escena permanecía inmóvil en la puerta, Santiago.

Solo cuando el frenesí hubo terminado, fue con un humillante carraspeo de garganta que Santiago manifestó su presencia en la alcoba. Su esposa pareció dar un pequeño salto tras el grave sonido, giró entonces el cuello para encontrar sus ojos con los de Santiago, y así intentando cubrirse con la sábana, quedó absolutamente paralizada. Por largos segundos, sus grandes ojos negros parecieron oscilar ligeramente para Santiago. De repente el desdibujado amante reunió el coraje suficiente para salir de la cama e intentar vestirse entre frases de excusas y promesas que nadie parecía atender. Sin embargo, cuando quiso abandonar la pieza, Santiago se le interpuso en su camino y le extendió la mano.

- Págueme - Dijo fríamente Santiago.

- ¿Perdón? - Respondió el amante tratando de esquivarlo.

- Págueme - Repitió Santiago, esta vez con más seguridad.

- ¿Como?

- Que me pague le digo.

Entonces el sorprendido amante sacó rápidamente de su bolsillo, un fajo de billetes sin contar y se lo entregó a Santiago, este al recibirlo simplemente se hizo a un lado y lo dejo pasar. Al fondo se oyó la puerta puerta principal cerrarse de golpe. Santiago comenzó a contar el dinero, tres de cincuenta y dos de veinte, mientras su mujer lo miraba asombrada. Luego, sin mirar siquiera por un segundo a su mujer, guardó el dinero en el bolsillo, se dirigió a otro cuarto donde se encerró y se fue a dormir.
A la mañana siguiente, cuando se sentaron a desayunar, Santiago sacó de nuevo el fajo de billetes y lo volvió a contar. Su esposa se quedó de nuevo inmóvil y en un incomodo silencio dejó escapar una lágrima que rodó desde la mejilla hasta su quijada. Así permanecieron en silencio hasta que Santiago terminó de desayunar, se bañó y se fue. Lo mismo pasó en el almuerzo, la comida y cada vez que se encontraban. Santiago solo sacaba el fajo de billetes y lo contaba una y otra vez sin cansarse. Lo hacia cuando escuchaban la radio, cuando veían televisión y cada vez que se encontraban juntos.

Cierto día cuando Santiago se disponía a sacar su fajo de billetes, su mujer no lo resistió más y en un ataque de locura salió corriendo y se lanzó por el balcón, mientras Santiago la miraba imperturbablemente desde el sofá.

Al lado del féretro fue colocada una corona de flores por valor de 190 pesos, con un ridícula tarjeta pegada que decía: “ Sentidas condolencias”.


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